Los sistemas de inteligencia artificial (IA en lo que sigue) han experimentado un auge espectacular en los últimos años, con aplicaciones que van desde el diagnóstico precoz en medicina hasta la robótica moderna, pasando por campos tan diversos como el de la traducción automática, los juegos por ordenador o la previsión del impacto del cambio climático. Los vemos también en la mejora automática de las fotos que realizamos en nuestros móviles, en los sistemas publicitarios que nos sugieren otras posibles compras, en los anuncios que nos proponen viajes y hoteles y en sistemas de combate. Pero, aunque cubiertas de un manto de panacea, no son lo que parecen.
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